Desde migrañas y cefaleas hasta dolor en la columna vertebral, oídos, deformación del rostro e incluso vértigos y mareos, son algunas de las consecuencias que provoca el bruxismo. Relacionado con el estrés en muchos casos, esta afección no tiene una edad definida ni un perfil concreto de paciente: lo puede padecer cualquiera; es más, hasta el 80 % de la población lo podría padecer al menos una vez en la vida.
Francisco Riba, médico especialista en Cirugía Oral y Maxilofacial y Director Médico de Face Clinic desvela las claves de esta enfermedad y un nuevo comodín para tratarlo; el bótox.

El bruxismo “es una enfermedad compleja que tiene su origen en una zona del cerebro que se llama sustancia nigro-estriatal y núcleos putaminales, que provoca una hiperactividad de los músculos masticadores”, explica el Dr.
Francisco Riba
. No es, como se pensaba antes, una enfermedad de los dientes; sino que son los dientes y la articulación témporo-mandibular (la que une la mandíbula al cráneo) las víctimas de este exceso de actividad muscular; y así lo considera la Asociación Americana de Medicina del Sueño, nos indica Riba.

Origen diverso y multifactorial

El bruxismo puede ser, según sus causas, de origen primario o idiopático, o bien de origen secundario. Hablamos del primario cuando no tiene una causa definida, ni se reconocen detrás otros problemas médicos; y suele relacionarse con la tensión y el estrés. En caso de poder rastrear un origen concreto y asociado a otras enfermedades, principalmente neurológicas (epilepsia, enfermedad de Parkinson, etc.) hablamos de bruxismo secundario.

De la misma manera, el bruxismo puede dividirse en diurno o nocturno según cuándo se produzca. En el último caso, la hiperactividad mandibular se produce mientras dormimos, por lo que es más complicado diagnosticar la enfermedad.

Según explican desde la Unidad de Cirugía Oral y Maxilofacial de Face Clinic, al igual que otras enfermedades y afecciones, el bruxismo se tipifica como una enfermedad multifactorial, en el que se combinan factores generales -estrés o trastornos del sueño- con factores locales, como la mala oclusión de la dentadura.

A las soluciones tradicionales se suma una más novedosa: el ‘botox’. Este bloquea un neurotraxmisor llamado acetilcolina, que frena la hiperactividad muscular

Es más común en niños

Es difícil determinar la prevalencia del bruxismo. Algunos estudios llegan a concluir que hasta el 80 % de la población padece bruxismo en algún momento de su vida; sin embargo, otros son mucho más cautos. Según el Estudio de Sanitas de Salud Bucodental de 2016, este trastorno suele manifestarse de forma particular entre los 4 y los 6 años, detectando también un incremento entre los preadolescentes, entre los 10 y los 12 años.

Según el estudio “Bruxismo del sueño. Actualización sobre mecanismos etiopatogénicos, diagnóstico y tratamiento”, publicado por la Sociedad Española del Sueño en 2014, y basándose a su vez en cinco estudios más, la media general que padece bruxismo del sueño es del 8 %; aunque “parecen existir diferencias significativas en cuanto a la edad en que se presenta, con rangos que van de un máximo del 40 % en niños menores de 11 años, un 13 % en sujetos de entre 18-29 años y un descenso a niveles de hasta tan solo un 3 % en mayores de 60 años”; por lo que se deduce que la prevalencia disminuye con la edad.

Una de las consecuencias de la hiperactividad muscular mantenida es la aparición de la “cara cuadrada”. El ‘bótox’ consigue bloquear la musculatura y frenar esta hiperactividad; revirtiendo este efecto y el dolor asociado.

Los “chivatos” del bruxismo

Los criterios principales para el diagnóstico de bruxismo son el dolor facial o cervical, cefalea, apretamiento, rechinamiento y desgaste de los dientes. Además, “el dolor en la articulación temporo-mandibular o el aumento de tamaño de los músculos maseteros que provoca la aparición de la “cara cuadrada” como consecuencia de la hiperactividad muscular mantenida”, indica el Dr. Riba. Estas manifestaciones clínicas se confirman con la realización de una polisomnografía (PSG), aunque para tener un diagnóstico suele ser suficiente la historia clínica y la exploración. La PSG se reserva para casos extremos o en el contexto de otras patologías, como la epilepsia o la apnea del sueño.

‘Bótox’, un aliado más

Las soluciones más habituales para tratar este problema son las férulas bucodentales, ciertas técnicas fisioterapéuticas y algunos medicamentos. A estas soluciones contra el bruxismo se ha sumado otro comodín menos convencional pero altamente efectivo: las micro-inyecciones de toxina botulínica tipo A o ‘bótox’. Esta actúa provocando un bloqueo de los terminales de un neurotransmisor que se llama acetilcolina. Son muchas las enfermedades que se tratan con éxito gracias al bótox. “En el caso del bruxismo, aunque la “orden” sigue saliendo del cerebro, el encargado de ejecutarla, la musculatura masticatoria, está bloqueado. Esto frena la hiperactividad muscular y hace que desaparezca el dolor derivado de ella”, asegura el experto. La intervención debería repetirse al menos dos veces al año.